La resistencia en Pudahuel

Los años 70-80

 

Artículo tomado del
Boletín Informativo de la Coordinadora de Organizaciones Populares de Pudahuel
BOLECOPP N°5- Año 1 1987. Pubicado tal cual como documento testimonio. 

En enero de 1978 la ONU condena la dictadura la cual responde organizando un “plebiscito” contra la “intervención extranjera”. Aquella fue la primera ocasión en que grupos de jóvenes politizados se organizan en los barrios de manera espontánea para explicar la importancia de manifestarse contra la dictadura. El 8 de marzo del mismo año se convoca a la primera manifestación masiva en el centro de Santiago y dos meses más tarde (mayo) la huelga de hambre de los Familiares de Detenidos-Desaparecidos moviliza toda esta incipiente red de organizaciones solidarias donde se había concentrado la mayoría de la militacia activa. El movimiento cultural universitario da vida a sus primeras manifestaciones masivas (y lo paga con expulsiones de alumnos y profesores) y la clase obrera, ese mítico sujeto de la historia, emprende sus primeras manifestaciones de huelga, hasta entonces impensables (1979 : El Teniente y Huachipato en el cobre y en 1980 la textil Panal en Santiago). A mediados del 79 la dictadura retoma el camino de la represión disolviendo las centrales sindicales e imponiendo esa obra maestra de la nueva “institucionalidad”, el Plan Laboral. La nueva legislación laboral, en gran medida aún vigente, sancionaba el poder aplastante del capital sobre el trabajo.

En realidad la dictadura responde buscando una forma que proyecte el régimen político y el modelo de acumulación hasta fin de siglo (la Constitución que se presenta entonces al país preveía la continuidad de Pinochet en el poder, en una especie de dictadura legal, hasta fines de 1997). En medio de las privatizaciones a paso forzado de los servicios del Estado —educación superior, salud, y previsión social— la dictadura se lanza en una campaña unívoca por una Constitución de “democracia protegida”.

En el corto periodo que va del segundo semestre del 79 a principios del 80 tres eventos mayores dejarán su marca sobre nuestra visión de mundo. En julio de 1979 un grupo de insurgentes nicaraguenses que se llaman a sí mismos “sandinistas” derrocan por la vía de las armas una de las más viejas dictaduras militares pro-nortemericanas del continente. Celebramos la caída de Somoza y el triunfo del FSLN como propio. Más tarde llegarían los vídeos, los testimonios, los libros y el impacto de la revolución nicaraguense alcanzaría para nuestra generación un grado similar al que tuvo la revolución cubana para generaciones anteriores. En contraste con esa alegría de importación, pocos meses más tarde, son sucesivamente descubiertos 3 sitios con los restos de masacres ocurridas en los meses inmediatos al golpe de Estado : en los hornos de cal de la comuna campesina de Lonquén aparecen los restos de 15 detenidos-desaparecidos (septiembre de 1979), 19 osamentas serán descubiertas en una fosa de la localidad de Yumbel, Laja (octubre) y el Arzobispado de Santiago denuncia el entierro ilegal de más de 300 cadáveres en el Patio 29 del Cementerio General (noviembre). Más tarde se sabría que su número era mucho mayor : en una misma fosa, bajo la sigla anónima “NN”, yacían los restos de varios cuerpos mutilados. La frase del general-senador-vitalicio al enterarse del caso, poco antes de su arresto en Londres —“¡Qué buen sentido de la economía!”—, nos  ahorra todo comentario sobre la naturaleza de la democracia chilena. En todo caso en el Santiago de fines del 79 la indignación se transformó en manifestación callejera cuando en lugar de devolver los restos de los campesinos de Lonquén a sus familiares, que los esperaban para velarlos en la Catedral, éstos fueron arrojados en desorden en una fosa común y enterrados a escondidas en el cementerio local de otra comuna.

El tercer hecho irrumpe durante los primeros meses de la inaugurada década de los ochenta. Durante varias semanas se suceden apagones de luz, asaltos simultáneos a bancos y ataques a centros operativos y a agentes de la represión. Por primera vez vemos los cuerpos represivos perder algo de su prepotencia. Por primera vez en siete largos años de dictadura una fracción de la izquierda decide dejar de ser pasto del terror y tomar la iniciativa en el terreno mismo de los militares. En un país de marcada ideología jurídica donde hasta para rebelarse hay que seguir las normas, la inaudita actividad del MIR sacude el paisaje político y precipita la discusión en todo el movimiento popular en formación. Autorizarse a emplear la violencia por parte de quienes han sido siempre sus víctimas genera temor y hasta escándalo. Se trataba de una verdadera torsión en la manera de pensar la lucha, más allá de toda consideración sobre la oportunidad de esta nueva forma de enfrentarse a la dictadura. El debate, silencioso y áspero, sobre los grados y la legitimidad de la violencia estará desde entonces presente como telón de fondo en todas nuestras discusiones. Las posiciones que tomamos entonces nos darán un avance considerable cuando, tres años más tarde, el problema se planteará a todo el movimiento popular.

Los caminos de nuestra formación

En el seno de estas organizaciones una nueva generación de jóvenes inquietos comenzamos a tomar conciencia de nuestra historia reciente. La mayoría somos estudiantes de secundaria, algunos —muy pocos— estudiamos en la universidad, otros comenzábamos nuestra experiencia en el mundo del trabajo. ¿Edades? Entre quince y veinte, poco más, poco menos. Ahí encontramos por primera vez, entre muchos otros, a Lucho Díaz.

Nuestra educación se fue forjando al calor de la discusión de los hechos de la vida social y política en comunidades cristianas o en grupos solidarios, siempre  con el telón de fondo de la precariedad económica y la amenaza represiva. Como decíamos, la ruptura con la memoria histórica de las luchas pasadas había sido brutal, pero en aquél momento no teníamos conciencia de la profundidad de ese corte. Nuestra aprehensión del mundo no podía ser sino pobre e incompleta, hecha de fragmentos de lo que alcanzábamos a comprender de nuestra sociedad y de sus procesos. Algunos de nuestros padres habían militado en sindicatos o partidos, pero de ello se hablaba raramente. Circulaban entre nosotros el Boletín de la Vicaría de la Solidaridad, a veces de algunas revistas de oposición (Hoy o Mensaje, en las que aprendimos a leer entre líneas (más tarde serían Análisis o el boletín del CODEPU). Escuchábamos algunos programas de información o de música latinoamericana en Radio Chilena, reemplazada luego por Cooperativa. Eran pequeños balones de oxígeno en medio de una información uniformada y de una televisión idiotizante.

Nos apasionaba saber lo que había pasado “antes” de que la dictadura destruyera la alegría de la gente. “Antes” coincidía con los nombres de Allende, de Unidad Popular; de cierta manera ese “antes” tomaba la forma imaginaria, en nuestro severo juicio, de una gran fiesta, es decir de un despilfarro, de una ocasión perdida. Encontrábamos un eco distante de aquel mítico “antes” en las canciones de aquella época. Nos procurábamos discos y cassettes de principios de los 70 y compartíamos como un tesoro toda novedad llegada, nadie sabe cómo, desde Europa. No es extraño que cuando algunos quisimos dar vida a formas de expresión musical nuestros modelos se impusieran casi naturalmente, tomando el tono, los ritmos y las temáticas de los grandes exiliados. Algo parecido ocurriría con las artes plásticas cuando algunos de nosotros pasamos del rayado al mural artístico a mediados de los 80. De manera general, la reiteración de los símbolos de aquel periodo mítico hubieran dado la impresión de una especie de repetición, a diez años de distancia, de los conflictos que sacudieron la sociedad chilena. Eran, en realidad, indicadores de nuestra dificultad a crear y renovar una cultura de resistencia articulada a los desafíos de la nueva época. También fuimos los primeros en recibir y extender el choc estético y vital que nos produjeron las canciones de la Nueva Trova. Intentando reproducir el virtuosismo de las guitarras o copiando y recopiando cassettes, nos identificábamos como un desafío de sobrevivientes : los que podían sonreír “en medio de la muerte/ y en plena luz” éramos sin duda nosotros.

Es significativo que el Luis artista que conocimos entonces estuviera alejado de esos modelos. Su música sincopada estaba más cerca de rock, del jazz o de la bossa-nova, poco apreciados por nuestra incultura de entonces : las músicas importadas eran implacablemente consideradas “alienantes”. Sus melodías jugaban con la distorsión harmónica, sus textos, construídos con gran economía de medios, estaban habitados por la urgencia. Quizás otros hablen de ello, pero ya en aquella época Luis afirmaba una porfiada, callada y tensa diferencia.

En este complejo recorrido generacional, para algunos la mejor escuela serán los días de cárcel o los meses de relegación después de alguna dura detención en manifestaciones callejeras. Otros tal vez comprenderán su compromiso discutiendo la “opción preferencial por los pobres” confirmada por la Conferencia de obispos latinoamericanos en Puebla (enero de 1979). Para otros, se tratatará de una lenta maduración para superar la reacción emotiva ante el sufrimiento y tejer paralelamente lucidez y voluntad de  transformación.

Horizonte de los 80

Hoy es necesario un esfuerzo de la imaginación para aproximarse al estado de espíritu que todos estos hechos, concentrados en menos de un año, pudieron tener en nuestras futuras decisiones. Las cosas se aceleraban, sin duda. Nuestra aprehensión intuitiva del momento nos indicaba que nos acercábamos a una zona de rupturas, ruptura con las instituciones en las que nos habíamos formado y ruptura con nuestras propias concepciones, pues la seriedad de la muerte había recordado bruscamente su presencia.

Si hubiéramos sido jóvenes de los sectores más acomodados seguramente los hechos anteriores hubieran representado un caracter menos dramático. Pero éramos jóvenes pobladores, conocíamos el desprecio de las clases dominantes; ahora sabíamos o comenzábamos a saber la verdad sobre la violencia del Estado. Ahora sabíamos, o creíamos saber, que también era posible responder. Además el suelo se movía bajo nuestros pies, sentíamos crecer la indignación, éramos los vectores y el producto de un sordo descontento que se manifestaba de múltiples maneras. Todo parecía indicarnos que entrábamos en un momento donde nuestro compromiso no podría eludir la cuestión de la confrontación violenta la que, en su forma más brutal, significaba aceptar la muerte como parte de la lucha, la del enemigo y también la propia. Resistimos un buen tiempo a esta perspectiva. Como buenos cristianos pensábamos primero en la propia. Pero al mismo tiempo experimentábamos en nosotros mismos todos los impulsos y motivos que se conjugaban en ese momento, empujándonos a nuevas definiciones. La violencia, pensábamos, no puede ser la misma si viene del opresor o del oprimido. Cada vez se nos hacía más insoportable el dolorismo y la resignación de la tradición cristiana que había impregnado, también, a sectores de la izquierda, donde morir como víctima (inocente) está bien, eres digno de misa y conmiseración, pero no se te ocurra resistir ni menos morir peleando, entonces perderás tu estatus de buena víctima (y de inocencia). Tres años más tarde este estado de ánimo, entonces compartido por un pequeño núcleo politizado, se había transformado casi en sentido común para muchos pobladores del cinturón de miseria que rodeaba Santiago. Un poblador de la Victoria, sacando las conclusiones de las protesta de agosto de 1983 —50 muertos—, diría “claro que arriesgamos a perder la vida, pero nada más”. Durante las jornadas que organizó la Iglesia en 1984 “por una cultura de la vida” (contra las masacres que ejército y policía perpetraban regularmente en las comunas populares) uno de nosotros condensó en seis palabras el punto de llegada de nuestra ética (es decir de nuestra forma de vivir) pintando un enorme lienzo en nombre de la Coordinadora de Pobladores: “Por la Vida hasta la Muerte”.  Por razones similares rechazábamos la “no-violencia” como el único camino posible. Quien no comprenda que detrás de estas afirmaciones tajantes o dramáticas había una afirmación esperanzada de la vida no podrá comprender nada de la suma de sentimientos ni de la fuerza que entonces nos empujaba.

¡Pero no nos apresuremos!

Pudahuel, años 80

En realidad, nuestra memoria es frágil y selectiva. Haría falta un trabajo de reconstrucción colectivo para poner cada pieza del rompecabezas en el lugar justo donde se articulan historia y subjetividad.  Así, sin pretender al improbable estatuto de relato objetivo, la historia que queremos contar —apenas un capítulo de la siempre olvidada historia de los abajo— es un fragmento la de la experiencia de un grupo de jóvenes que, por caminos diferentes, adquirieron durante aquellos años conciencia de sí mismos ligando su existencia al destino de las luchas populares.

Ella comienza para la mayoría de nosotros en los últimos años de la década del 70. La comuna de Pudahuel se llamaba entonces Barrancas. Abarcaba un inmenso territorio que corresponde a los actuales municipios de Cerro Navia, Lo Prado y Pudahuel. Comuna joven, más del 60% de sus habitantes era menor de 25 años, Barrancas estaba constituída por algunos barrios de una empobrecida “clase media” (obreros y funcionarios con un trabajo más o menos estable) y por amplias zonas nacidas de tomas de terreno y de ocupaciones ilegales que se van desarrollando de manera sostenida desde mediados de la década de los sesenta (habitados por trabajadores temporales, obreros de la construcción, empleados particulares, artesanos, pequeños funcionarios y comerciantes, empleadas, etc.). En Barrancas los espacios urbanizados alternaban con vastas zonas habitadas de autoconstrucción sin agua potable, electricidad o alcantarillado. Salvo las principales avenidas, muy pocas son las calles pavimentadas. La variedad de las formas de habitación se declina en las palabras que la designan : barrio, villa, población, “ciudad-jardín”, conventillo, mejora, callampa, campamento. El crecimiento incontrolado de la comuna genera también una variedad de situaciones de propiedad del territorio urbano. La mayoría de los habitantes de la comuna está aún, a mediados de los setenta, pagando mensualmente la pesada carga de los dividendos por el suelo donde vive o por los servicios de urbanización (ya sea al Estado, a agrupaciones cooperativas o a particulares). A estas formas de ocupación del espacio hay que agregar muchos terrenos baldíos que alguna fueron destinados a áreas verdes, algunos terrenos de cultivo en el perímetro exterior y una inmensa zona militar en pleno centro de la comuna. Pudahuel, bautizada así a fines de los 70, da una impresión de aridez. En verano, los escasos árboles retienen a duras penas los remolinos de polvo que se levantan de los espacios baldíos que en los inviernos se transforman en inmensos barrizales que amenazan con inundar casas y mediaguas. La proximidad del Mapocho provoca cada año dramáticas inundaciones entre quienes habían elejido instalarse en sus orillas, terrenos malsanos que nadie raclama.

Salvo una fábrica de loza que cerraría durante la crisis de 1982, algunos terrenos destinados a la fabricación de ladrillos y una central eléctrica, Pudahuel nunca contó con una actividad industrial propia; era una “comuna dormitorio” : todas las mañanas, desde muy temprano, se agolpan en los paraderos cientos de personas que luchan por salir de su territoro —la locomoción colectiva era pésima— para estudiar o trabajar en Santiago, Cerrillos, o Maipú; mujeres de todas las edades van a servir como empleadas en las casas del Barrio Alto.

Como todas las comunas populares Barrancas fue violentamente agredida después del golpe de Estado. La tónica general de aquellos grises años es la de la memoria reciente del traumatismo producido por la represión, mantenida por un insidioso Estado de sitio. El miedo es una dimensión omnipresente en todas  las esferas de la vida social : lo leemos intacto en los rostros y en las actitudes de la generación de nuestros padres, más golpeada de lo que imaginábamos. El recuerdo de la ocupación militar, de los allanamientos, de los cadáveres en el río, paralizan la palabra y con ella el pensamiento y el testimonio de lo que ese pueblo vivió y sintió en el periodo anterior. Nuestra generación, generación sin maestros, es en parte el producto de esta ruptura en la transmisión de imágenes, valores e ideas que formaron la conciencia de nuestros padres.

Pero no se trata sólo de la represión política, del silencio provocado, de la mentira oportuna, sino también de esa verdadera venganza de clases que significó la primera “recesión” resultado del “tratamiento de choque” impuesto por los expertos monetarios del régimen. Entonces no se hablaba de “neoliberalismo”, modelo experimental que se exportaría veinte años más tarde a escala mundial, sino de una irrisoria “economía social de mercado”.  A la cesantía, que alcanzó a más del 35% de la población activa en nuestra comuna, se sumó la dislocación de la familia, el desplome de los servicios del Estado (educación, salud, previsión) y la proliferación de formas de economía llamada “paralela” o informal. Vale la pena recordar que en los “mejores” momentos del modelo económico, cuando el dictador prometía un Chile de “propietarios” sin “proletarios”, utopía del pueblo unificado en torno a un capitalismo “popular” (1980-1981), la cesantía no bajó jamás de un 16%. Y en el caso de la juventud pobladora se mantuvo durante años al rededor del 20%.  La vida cotidiana era, para las clases subordinadas, una larga serie de obligadas sumisiones. Cada uno de nosotros había experimentado en su escuela, liceo, lugar de trabajo o familia las formas más devastadoras de la arbitrariedad. Si eras joven estudiante la policía controlaba tu identidad y tu comportamiento (fumar, besarse o caminar por la ciudad en horas de clase era ilícito), estabas obligado a asistir a las ceremonias “cívico-militares” en homenaje a héroes patrios convertidos en nobles predecesores de la dictadura; los choferes, que contaban sus ganancias por boleto cortado, no te paraban o se volvían sordos cuando querías bajarte; en los militarizados liceos la disciplina y el culto a la fuerza eran valores dominantes; profesores e inspectores —a veces miembros de algún servicio de seguridad— te sometían a sus humillantes castigos. Si eras joven y trabajabas tu salario era menor que el de un adulto, los horarios elásticos y la amenaza de perder tu empleo la norma de la obediencia. Si eras joven y estabas cesante ¿cómo encontrar sentido a la vida social o escapar a los dos años de servicio militar obligatorio?

A pesar del empobrecimiento, la comuna seguía creciendo. A fines de los 70, en una ciudad de 3 millones de habitantes, Pudahuel suma más de medio millón. Es habitual que dos o tres familias vivan bajo el mismo techo. Los desechos de la sociedad urbana sirven de material de construcción para vivendas de fortuna. Pronto se comenzará a hablar de “allegados”. Esporádicamente aparecen nuevos campamentos improvisados a lo largo de las principales arterias (San Pablo, Mapocho, Carrascal, o en la nueva carretera que va al aeropuerto…) y a veces, como por milagro, logran mantenerse.

Las primeras formas de reorganización popular se articulan en respuesta a las consecuencias más dramáticas de la agresión económica del régimen. Muchas veces al amparo de la Iglesia católica, único espacio (precario)  de circulación de la palabra aún existente, comienzan a organizarse comedores infantiles, grupos de salud y de apoyo escolar. Surgen bolsas de trabajo y grupos de mujeres que se reúnen al margen de las “organizaciones femeninas” oficiales, presididas por la esposa del dictador. Alguna vez será necesario explicar por qué lo esencial de las organizaciones de pobladores de la comuna estuvieron compuestas por jóvenes y mujeres. Quizás la cesantía quebrantó durablemente la razón de ser y la posición social — y con ellas la dignidad— de los hombres.

En la zona oeste del arzobispado de Santiago (Pudahuel, Maipú, Las Rejas…) se concentró una parte de los sacerdotes y religiosas que durante el periodo anterior formaron parte de los sectores más politizados del catolicismo. Su presencia otorga dinamismo y legitimidad a las nuevas organizaciones con las cuales, siguiendo una orientación pastoral tradicional, la Iglesia intenta reproducir en su seno una forma alternativa de sociedad civil. Así, a paso de hormiga, molecularmente, reuniones, “peñas”, actos, encuentros culturales y de acción solidaria irán permitiendo la lenta emergencia de un heterogéneo colectivo de oposición social en busca de orientación política.